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Festival Interescolar de Lectura

El Festival Interescolar de Lectura congregó a alumnos de las cuatro escuelas primarias oficiales que desarrollan su actividad en la ciudad de Recreo. Desde 2003 a 2007, el evento se realizó en forma ininterrumpida y situó al libro como eje y protagonista de la iniciativa.

 

El libro encierra el alma del hombre y de los pueblos, resucita el pasado, prepara para el porvenir. Nos pone en contacto con el bien y el mal. Vence al tiempo, al espacio, a las sombras y a la rutina.

 

Hay libros que gobiernan el mundo: la Biblia, el Corán, el Quijote, el Talmud, las obras de los grandes sabios, filósofos, artistas, economistas, sociólogos, políticos, viajeros e investigadores.

 

El libro educa, modifica y aumenta nuestras ideas, nuestro lenguaje, nuestras costumbres, es un motor espiritual, excita nuestra curiosidad y la satisface, ilumina la razón, destruye perjuicios y propaga la ciencia.

 

La lectura del texto literario representa una oportunidad de experiencia de lo vivido que es esencial en la formación del niño (en otras sociedades se produce por el relato oral de los adultos). Como lo ha destacado Bruno Bettelheim, y lo recordó hace algunos años Natalia Pikouch, el texto literario ayuda al niño a “comprenderse mejor, así se hace más capaz de comprender a los otros y de relacionarse con ellos de modo mutuamente satisfactorio y lleno de significado”.

 

El texto literario es la forma más rica de transmitir la herencia cultural, de aprender a manejarla y de manejar, mediante la cultura, los propios impulsos y deseos. El proceso por el cual las pulsiones más radicales son convertidas en elementos de la cultura es más eficaz cuando corresponde a la satisfacción simbólica que da la literatura. La posibilidad de catarsis descrita por Aristóteles en La Poética, ayuda al niño a enfrentarse a las emociones, a la violencia, al amor, a la crueldad, en una forma en que las imágenes de la televisión no permiten sino que, por el contrario, substraen la violencia de su significado cultural, la banalizan para convertirla en un simple promotor de emociones y llevan a que el niño confunda la violencia imaginaria o simbólica y la violencia real.